Aprender

La sociedad competitiva nos enseña desde muy chiquitos que lo más importante en la vida es ser “ganador”. Ser más, tener más, poder más, estar siempre en primer lugar, “llegar” al lugar más valorizado por el grupo social/cultural de referencia que orienta nuestros valores. Cuando esto no sucede, ser “perdedor” trae un sentimiento de desvalorización, de no ser “good enough” (suficientemente bueno) como para merecer no solo ser amados o respetados por los otros sino, peor aún, no darnos la posibilidad de amarnos o respetarnos a nosotros mismos. 

¿Por qué no pensamos que ganar y perder son dos circunstancias inseparables del proceso de aprender a vivir, así como la inspiración necesita la expiración en el ciclo respiratorio y la diástole necesita la sístole en el circuito cardiaco y la flexión necesita el estiramiento para que las articulaciones produzcan los movimientos necesarios a la agilidad muscular? 

Una de las versiones del origen etimológico de la palabra aprender es: “seguir o encontrar el rumbo”. Adquirir conocimientos, pensar sobre lo aprendido, apropiarse de él, ver como modifica mi manera de actuar, sentir y pensar las informaciones que me abren nuevas maneras de entender el mundo, me ayuda a encontrar el rumbo que quiero darle a mi vida, y ajustar con mayor precisión el sentido de mi vida, independiente de si estoy en el momento de ganar o perder, porque siempre puedo estar en el momento de aprender a vivir mejor.  

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